La promesa de la sociología: mitos y realidades de la drogadicción

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por Gladys Mackinson

Uno de los temas más urticantes al fin del siglo es el de las drogas y la consideración judicial, tanto del tema como de los adictos a ellas.

Desde el flagelo a la lacra social, una amplia gama de palabras sirven también para vehiculizar valores, apreciaciones y concepciones, se han utilizado para condenar, sancionar, absolver, predicar, denostar, tanto a las substancias como a sus consumidores.

Asimismo, es válido preguntarse qué ha sucedido en esos procesos, en los cuales la búsqueda del escape reemplaza a otras búsquedas y acompaña nuevas pérdidas. Superada la discusión sobre los agentes socializadores y reconocida la importancia de los medios masivos de comunicación social, sobre todo  la televisión, pareciera que uno puede preguntarse cual es el mensaje a internalizar.

Descreimiento, quiebra de los sistemas familiares tradicionales, engaños, muertes, asesinatos, tortura, inutilidad de las vías usualmente reconocidas de movilidad social e incapacidad de protección de los derechos ciudadanos, ocupan en forma excluyente la mayor parte de las horas/promedio diarias que los niños y jóvenes pasan frente al televisor. Generalmente comparten con sus connacionales y el resto del mundo el mismo producto enlatado que, si refleja algún sistema cultural, seguramente no es el propio.

Los ajustes neoliberales, en la región latinoamericana y en el mundo en general, han producido un notable descenso en las posibilidades de acceder al primer empleo joven y luego a mantenerlo. Sueldos muy bajos y expectativas alentadas para el consumo ostentoso generan falsas necesidades y requieren, en reemplazo de ideologías, caminos rápidos para acceder a un supuesto mundillo mejor.

Los falsos profetas de Dolto contribuyen a la sustentación de una identidad falseada, ya que los adictos pasan de ser un número en las estadísticas a terminar etiquetados, para comidilla familiar, escolar y/o laboral (el drogón, el falopero, el que snifa son “alguien”).

La drogadicción en la teoría sociológica

Desde los ´80 se ha producido una notable  variación en el análisis de la drogadicción y de las drogas, ya que desde un primer encuadre de base sociológica, fundado exclusivamente en la conducta desviada y las subculturas delincuentes, se ha pasado al escrutinio de una serie de variables sociopolíticas, que obviamente incluyen la salud y la crisis del estado de bienestar que la perjudica.

De la vieja definición de la salud como ausencia de enfermedad a la actual, que la permite como el estado bio-psico-social, se ha desarrollado y entró en crisis el estado de bienestar. Como consecuencia, la discusión presente se ha centrado en sentar las bases teóricas de la extensión posible de la renuncia por parte del Estado a ciertas prestaciones básicas: salud, educación y justicia.

Teoría de la “anomia”      

Robert Merton (1938/1965), a partir de su clásica definición de la anomia, genera un cambio sustancial en la consideración de la desviación. En su planteo, la conducta desviada es la respuesta “normal” a ciertas presiones sociales y no como aparecía en épocas anteriores, debida a la irrupción de impulsos biológicos o de instintos mal reprimidos por socialización deficiente. Para ello señala dos elementos constitutivos fundamentales: a) la estructura cultural; b) la estructura social.

En la estructura cultural pueden distinguirse las metas o aspiraciones, socialmente institucionalizadas, que respetan una ordenamiento basado en prioridades; y los medios, que establecen las formas legítimas para conseguir las metas. Sintetizando su pensamiento, Merton explica que “mi hipótesis central es que la conducta anómala puede considerase desde el punto de vista sociológico como síntoma de disociación entre las aspiraciones culturalmente prescritas y los caminos socialmente estructurales para llegar a dichas aspiraciones”.

El consumo de drogas sería para la teoría mertoniana, ejemplo típico de las teorías de alcance medio,  por una parte    una respuesta normal a determinadas presiones sociales y por la otra, una respuesta de tipo adaptativa frente a metas-éxito culturalmente definidas y medios institucionales insuficientes para alcanzarlos. Esta conducta tendría entonces la característica, sea por renuncia o  por retraimiento, ante las presiones y exigencias sociales.

En definitiva, los desviados de esta categoría “configuran una cultura, un modo de vida organizado alrededor de la droga que legitima su status”. La crítica básica que se puede hacer a estas teorías es que no todos los usuarios de drogas responden al modelo explicativo.

Teoría de la “asociación diferencial”

En las teorías de la ecología social, que interpretan la ciudad como un marco ecológico en el que la lucha por el espacio acarrea conflictos sociales y un cierto nivel de desorganización social, el consumo de drogas se inserta en aquellas zonas urbanas donde la desorganización social es predominante y tiene la característica de una conducta aprendida.

Sutherland desarrolla su teoría de la asociación diferencial utilizando las  variables intimidad, frecuencia, duración, prioridad e intensidad, que serían las implicadas en el proceso de aprehensión de la conducta  desviada, resultado de: a) la interacción con otras personas, b) en un proceso de comunicación, c) dentro de un grupo con relaciones personales estrechas.

En contrario de la tesis lombrosiana del delincuente nato, sostiene que la conducta desviada se aprehende, en un plano que comprende las técnicas del crimen y la específica canalización de motivaciones, impulsos, racionalizaciones y actitudes, que se canaliza a través de una cierta evaluación de los códigos legales. Consecuentemente, una gran parte del crimen (aquí el término, igual que en el resto de su obra es utilizado en el sentido de Durkheim, como conducta que ofende los más profundo de la conciencia colectiva), “se debe a la desorganización social... El término “desorganización social” no resulta plenamente satisfactorio y sería preferible sustituirlo por el término “organización social diferenciada”.

Dicha teoría también identifica esta conducta dentro de ciertas zonas de la ciudad, ya que tratándose de un conducta subcultural se aprehende en los grupos sociales que viven en zonas en transición, donde el valor de la renta es considerablemente más bajo. Hay entonces una identificación entre asociación diferencial y marginalidad.

Esta teoría resultó muy útil para el estudio de las bandas que controlaron el crimen organizado en las décadas del ´20 y el ´30, sobre todo en la zona de Chicago, e inclusive para hacer luego comparaciones organizacionales entre el gran industrial y el “boss” del sindicato del crimen, ya que ambos sujetos de análisis tenían bajo su mando o control una organización burocrática. Sus cabezas visibles cumplían lícita o ilícitamente con el “american dream”, la escolarización aparecía como variable y la protección de la familia sentaba las bases para su consideración como célula social básica..

Pese a que ha sufrido algunas modificaciones, esta teoría en los noventa no brinda explicación, porque la asociación diferenciada tiene lugar, si es que tiene lugar, también en zonas residenciales. No puede explicar por qué personas que han vivido en la misma zona, tienen los mismos contactos y el mismo nivel de estratificación no pertenecen al mismo sistema delincuencial (caso típico de las familias con un miembro drogadicto) ni tampoco han resultado fáciles de verificar las variables implicadas en el proceso de aprehensión.

Howard Becker (1971), con su teoría de la etiqueta, aparece muy vinculado con estas posiciones: sociedad y sujeto retroalimentan una “carrera” desviada, en la que el sujeto aprende y la sociedad ratifica la identidad adquirida en el proceso de aprendizaje individual.

Esto traería como consecuencia o posibilidad la existencia de un grupo desviado, pero organizado, en el seno de una sociedad donde la desorganización aparece como pauta de “normalidad”.

David Matza (1981) hace su aporte desde la etnometodología, tratando de integrar los valores al proceso de desviación social, y llega a la conclusión que en la adopción de comportamientos desviados habría, entonces, una conducta adoptada por elección o afiliación.

Desde la óptica de fin de siglo, independientemente de su posible valor teórico, todas estas teorías sobre la desviación tienen un problema esencial, porque ya  no sirven para dar respuestas a las sociedades de los ´90,    (que atravesaron  “e intentan sobrevivir” a la expansión del consumo), ya que están impregnadas de la retórica de los años ´70 con un discurso permisivo, más enfrentado con la autoridad familiar que con situaciones concretas de criminalidad organizada a nivel transnacional (Gouldner 1970).         

Nueva Escuela de Chicago

De los aportes de la nueva escuela de Chicago, el que  aún sigue siendo utilizable es el de Erikson (1966), en el sentido de modificar las bases de la teoría de la desviación del acto o la persona desviada a los aplicadores de las normas: “la desviación social no es una propiedad inherente a una forma particular de conducta; es una propiedad conferida a dicha conducta por la gente que llega a tomar contacto directo o indirecto con ella. La única manera en que el observador puede sostener si un determinado tipo de conducta es desviante o no desviante, consiste en aprender sobre la conducta promedio de la gente que reacciona ante la misma”.

Constitución de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires 

La aparición de campañas de prevención., diferentes modelos de instituciones asistenciales y consideración social del drogadicto, no se reflejan en las anteriores teorías porque no corresponden al período en que fueron construídas. Inclusive la manicomialización, como conducta profesional/institucional no deseada, recoge recién en  esta década reconocimiento jurídico en Argentina. Claro ejemplo es la Constitución de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, sancionada en 1996.

Transcribo a continuación algunos párrafos de la Convención Constituyente, que recogen discursos de diferentes partidos políticos por considerarlos significativos por su contenido innovador. En la Constitución de la Ciudad de Buenos Aires se menciona salud mental y la necesidad de eliminar progresivamente las instituciones totales, que lejos de servir a la atención de recuperación de pacientes, se transformaron en lugares de encierro y castigo. Estamos reconociendo que cuando se hace referencia a la salud mental no hablamos solamente de locos de encierro o pacientes psiquiátricos, sino de un malestar que se expande por la sociedad (1)... otro aspecto de la trascendencia de la participación (ciudadana) sería el diseño, gestión y control de los programas de prevención y educación para la salud, en relación al SIDA, el alcoholismo y otras adicciones” (2)... hay que recuperar todo aquello que han aportado teóricos como Goffmann, Cooper, Laing, Bassaglia, Foucault...”(3) “ se impone un trabajo humanizante en la ciencia y en la medicina, basado en lineamientos bioéticos que privilegien la dignidad humana... se impone nutrir el tejido social de valores éticos, sin los cuales la democracia no es más que una regla de juego en la confrontación de intereses...” (4).

Desafío y promesa

Escohotado (1993) plantea tres situaciones posibles respecto del consumo de sustancias psicoactivas: a) legalizar una droga que antes era considerada ilegal; b) ilegalizar una droga que antes era considerada legal; o c) dejarla fuera de cualquiera de estas posibilidades. Del análisis de estas tres posibilidades saca las siguientes conclusiones: 1º) la prohibición de cualquier droga no sirvió para que desapareciera o dejara de consumirse, 2º) en las sociedades donde subsisten normativas prohibicionistas hay una propensión incomparablemente superior  a usos irracionales, corrupción pública y envenenamiento con sucedáneos mucho más tóxicos que los originales prohibidos, 3º) la libre disponibilidad de una droga (incluso promocionada con campañas engañosas para el consumidor,  no incidió para su desaparición o cese del consumo, 4º) que a la luz de lo vivido en diferentes épocas y lugares tan pronto como cesa el paternalismo oficial se instaura un autocontrol personal, con éxito ya a mediano plazo.

Todas estas afirmaciones tajantes, a mi entender, tienen un fundamentalismo legalicionista, ya que sus afirmaciones en contra de la prohibición son apocalípticas y las que están a favor a parecen llenas de inmediatez

Uno de los más respetados expositores de la teoría crítica respecto de las drogas es Oriol Romaní, quien rechaza el actual modelo predominantemente prohibicionista por ser ineficaz en el sentido de adecuación de las conductas sociales a las prescripciones normativas, y contraproducente al impedir una visión serena y objetiva de las denominadas drogas lícitas o ilícitas, lo que acarreó graves errores institucionales.

Carecemos a esta altura del desarrollo de la ciencia, de una teoría sociológica que refleje las características comunes y recoja las diferenciales de las sociedades  latinoamericanas, profundizando el estudio de las condiciones regionales, que no siempre son nacionales, que permiten y contribuyen a sostener actitudes estereotipadas en el tratamiento del problema de las drogas y los adictos.

Este es nuevamente el desafío y la promesa de la sociología.

 NOTAS Y BIBLIOGRAFIA:

Aclaración metodológica: No se  han incluído  en este artículo otras teorías, valiosas dentro de las diferentes corrientes sociológicas, por el carácter de la propuesta efectuada en el sentido de incluir en el texto la temática utilizada para mi participación en el Curso de Prevención. Por esa razón no figuran las de Cohen o Cloward y Ohlin sobre los muchachos delincuentes o las bandas delincuentes en los Estados Unidos, ni tampoco las teorías de Lewis Coser, George Simmel, Ralph Dahrendorf y Austin Turk, quienes analizaron la desviación social dentro de la teoría del conflicto No se han incluido tampoco, por las razones apuntadas, los enfoques marxistas sobre el tema.

Carlos González, Jaume Funes Sergi González Inma Mayol y Oriol Romaní. 1989. “Repensar las drogas”. Barcelona. Grupo IGIA.

Escohotado José. 1989. “Historia general de las drogas”. Madrid. Alianza Editorial.

Romaní Oriol. 1992. “Drogodependientes circuitos informales y procesos de integración social”. Barcelona. IRES.

Naciones Unidas. 1988. “Conferencia internacional sobre el abuso y el trafico de drogas ilícitas”. Viena.

Ilustre Colegio Nacional de Doctores y Licenciados en Ciencias Políticas y Sociología. 1993. “Las drogodependencias perspectivas sociológicas actuales”. Madrid.

Alvin Gouldner. 1970. “La crisis de la sociología occidental”. Buenos Aires. Amorrortu.

Robert K. Merton. 1965. “Teoría y estructura sociales”. México. Fondo de Cultura Económica.

David Matza. 1938. “Social Structures and Anomie”. American Sociological Review. Volúmen 3. octubre de 1938 páginas 672/682; 1981. “Proceso de desviación”. Madrid. Taurus.

Taylor, Walton y Young. 1977. “La nueva criminología contribución a una teoría social de la conducta desviada”. Buenos Aires. Amorrortu

Tamar Pitch. 1980. “Teoría de la desviación social”. México. Nueva Imagen.

Howard Becker. 1971. “Los extraños sociología de la desviación”. Buenos Aires. Tiempo Contemporáneo.

Rosa del Olmo. 1987. “La cara oculta de la droga” en “Poder y control” número dos. Caracas, Venezuela.

Sutherland H. E. y Cressey D. R. 1960. “Principles of criminology”. 6ª edición revisada. Chicago Lippincott Company (primera edición Criminology Lippincott 1924). Como se apreciará entre la primera edición y el momento en que se escribe este artículo han transcurrido mas de setenta años, y entre la edición utilizada y su publicación habrán transcurrido casi tres generaciones.

Erikson K.L . 1966. “Wayward Puritans a Study in the Sociological Deviance”. NuevaYork. Londres John Wiley and Sons.

Convención Constituyente (versión taquigráfica) sesión del 13 de setiembre de 1996:1) pág 471; 2) pág. 472; 3) pág. 478; 4) pág. 483.

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Última modificación: Miércoles, 31 de Diciembre de 2003