Droga y Sociedad

• Argentina, las drogas y el primer mundo • El contrato comunicacional de la prevención • Droga y Sociedad • De toxicomanías y toxicomanos. • La promesa de la sociología: mitos y realidades de la drogadicción •

por Aldo Neri*

La drogadicción constituye el ejemplo más cabal de la enfermedad como hecho cultural. Resulta, claramente, una consecuencia de la frustración, surgida tanto en las honduras de la pobreza, cuanto en las vacuidades del hartazgo, o por las sobreexigencias de un medio deshumanizado actuando sobre personalidades y grupos receptivos. La constante es la falta o insuficiencia de un proyecto de vida, su escasa o nula capacidad gratificante, así como la acumulación de experiencias familiares y sociales penosas.

Por algo son los jóvenes sus principales protagonistas, dado que atraviesan un período vital en el que las naturales precariedades de su proyecto de desarrollo son fácilmente vulnerables a la hostilidad del medio. Y hay que saber entender que la conducta adictiva juvenil es el espejo que refleja la patología del entorno, que a su vez incorpora así al nuevo protagonista.

Desde los vericuetos psicológicos de la casuística individual hasta las relaciones conflictivas entre los países de mayor consumo del Norte y los predominantemente productores y vehiculizadores del Sur se ofrece una riquísima veta de interpretaciones, ideologizaciones, asignaciones de culpas y responsabilidades, delicatessen estadísticas para cientistas sociales y perplejidades para financistas; casi tan rica como es pobre el repertorio de soluciones ofrecidas. Pero el hecho es que la droga, en toda su gama, está hoy instalada en América latina en el polo de la producción y también en el del consumo. Y su mayor popularidad se ha visto favorecida por el precio ahora más accesible de algunas variedades.

Encuestas realizadas entre 1986 y 1992 en algunos países de América nos muestran, en población mayor de 12 años de edad, niveles de consumo -personas que lo habían hecho en el año anterior a ser interrogadas- de un 10% para marihuana y un 3% para cocaína en Estados Unidos, 1,2 y 0,3 en Ecuador, respectivamente 1,9 y 1,9 en Panamá, y 0,6 y 0,3 en Colombia. Estos porcentajes aumentan espectacularmente cuando se refieren a población de grandes centros urbanos, y todavía más si se limita el análisis al grupo de adolescentes y jóvenes. Y se destaca el hecho creciente de que este hábito ha dejado de ser patrimonio de las sociedades afluentes y se expande en el mundo de la pobreza.

Poca duda cabe de que la gran preocupación respecto a la droga, en los centros de mayor consumo, principalmente surge -como dirían los economistas- de las sombrías externalidades que aparecen por la vinculación entre drogadicción e incremento de la frecuencia de delitos. El F.B.I. estima que uno de cada tres robos y el 40 % de los homicidios en las grandes ciudades norteamericanas están vinculados a la droga (su tráfico o necesidad de dinero para obtenerla); igualmente, uno de cada tres casos de SIDA se relaciona con las modalidades inyectables. Y los mayores riesgos urbanos y periurbanos son muy democráticos en su distribución, amenazando desprejuiciadamente  también a las clases acomodadas. En tanto parecía sólo un problema individual de la familia vecina, era poca la reacción de la opinión social que cuenta en cada país. Pero cuando se empezaron a temer las consecuencias indirectas del problema, creció la exigencia de que se haga algo contundente al respecto. Cosa parecida a lo acontecido en el siglo pasado con la difusión catastrófica de ciertas enfermedades infecciosas, que ya no diezmaban sólo a la plebe en los centros urbanos europeos de la avanzada Revolución Industrial, e indujeron la reacción de los grupos de poder que gobernaban al Estado, promoviendo medidas que controlaran algunas de las graves condiciones ambientales que favorecían las epidemias.

Pero el campo de esta epidemia moderna requiere respuestas más complejas que sanear pantanos o proveer agua potable. El grueso del esfuerzo y del gasto se lo llevan, en los países, la represión del tráfico y la asistencia a los adictos. En prevención se trabaja menos, y sus resultados suelen ser muy inasibles. En realidad, todo el esfuerzo suele dar la impresión de estar intentando secar un lago con una cuchara. Y probablemente sea así, pero hay que continuar haciéndolo, agrandando al mismo tiempo la cuchara todo lo posible. El lago contiene un negocio mundial que los organismos especializados estiman entre trescientos y quinientos mil millones de dólares.

Se desarrolla en el mundo una fuerte discusión sobre los aspectos legales del problema. Ella involucra tanto criterios sobre la eficacia de las estrategias elegidas, cuanto delicadas cuestiones de ética social. Un dilema es: ¿la prohibición absoluta, que estimula el tráfico delictivo, restringe realmente el consumo? Y el otro: ¿hasta dónde es legítimo penalizar las decisiones individuales de consumo?

Nadie puede contestar fundadamente la primera pregunta sustentándose en evidencia empírica, ni tampoco tiene respuesta cierta su contracara especular: ¿la legalización disminuirá el consumo, o aumentará aún más la frecuencia de adicciones?

La cuestión está abierta a una compleja e incierta discusión, aun sin incluir los variados prejuicios que la distorsionan todavía más. El mayor mercado consumidor del mundo, los Estados Unidos de Norteamérica, la mismísima Joycelyn Elders, Surgeon General (algo así como Secretaría de Salud), señalaba en 1993 la necesidad de estudiar posibilidades de legalización regulada de ciertas drogas, y la Drug Policy Foundation, del campo privado, planteaba similar inquietud, fundada en el fracaso de la estrategia reaganiana de mano dura para acabar con el flagelo; y lo hacían con la firma de personalidades como Carl Sagan, Milton Friedman, profesores universitarios de leyes, medicina social, jefes de policía y muchos otros notables. Seguramente algunos recordaban que Gran Bretaña consiguió mejor control del consumo de alcohol con el impuesto y otras medidas regulatorias que el que lograron los Estados Unidos con su famosa ley seca, que por cierto sí enriqueció a innumerables delincuentes.

Respondiendo al segundo dilema, la Corte Suprema de Justicia de Colombia, en 1994, despenalizó el consumo y desencadenó una ruidosa tormenta política, dado que su decisión aparentemente confrontaba con la opinión mayoritaria de esa sociedad. Poca duda cabe de que si castigamos al simple consumidor de drogas prohibidas -el tabaco y el alcohol son drogas permitidas que también hacen daño- tendríamos que fallar cadena perpetua para los que intentan suicidarse; y es cierto, además, que difícilmente alguien se priva de la droga por temor a la pena.  Pero también poca duda cabe de que la dificultad mayor del punto es la gama de grises en que muchos usuarios se insertan, al constituirse en eslabones de la cadena del tráfico, como arbitrio para asegurar su propio suministro. Al transformarse en promotores de una adicción que perjudica a otros, exceden el ámbito más protegido del derecho difícilmente discutible de hacernos daño que todos tenemos.

En todo caso, estoy convencido de que la penalización al simple consumidor ensombrece su futuro, alimenta la discriminación y no sirve absolutamente para nada en el combate contra la narcomafia. Aunque se planteen -como hiciera en años recientes una reforma legislativa en Argentina- recaudos para la suspensión de pena en caso de aceptar el inculpado ser sometido a tratamiento. Más allá de presupuestos discutibles que el arbitrio refleja, choca con la inviabilidad de una organización asistencial que lo sustente.

No hay fórmulas jurídicas salvadoras del problema. Creo, sí, que en la medida en que una sociedad madura, el camino hacia la legalización regulada de ciertas drogas es previsible y además conveniente. No encuentro razones convincentes para que ello genere un aumento significativo de los niveles de consumo. Sí, pienso, que se minimizarían los componentes delictivos que hoy abruman. Pero también es evidente que esa maduración no es el contexto que hoy ofrecen las sociedades latinoamericanas, en general.

Y, por sobre toda otra consideración, propongo tener en claro que la prohibición o permisividad frente a la droga no autoriza a soslayar el hecho cultural subyacente, que compromete a una acuciante discusión social sobre valores, preferencias y modos de convivencia, que modelan y frecuentemente alienan a cada nueva generación, ya sea por excesiva aceptación o por rechazo del modelo de vida que se propone.

* Este artículo ya ha sido debatido con anterioridad a su publicación digital.

 

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Última modificación: Miércoles, 31 de Diciembre de 2003