De toxicomanías y toxicomanos.

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por Bruno J. Bulacio

 En la mayoría de los pedidos de consulta convenidos con la familia, el paciente parecía mostrarse indiferente y ajeno a los padecimientos de la misma o los suyos propios.

Su "drogadicción" no constituía en modo alguno un "cuerpo extraño" a su existencia, muy por el contrario, parecía darle forma, cuerpo a su propio mundo, un modo de estar vivo, de relacionarse con su entorno, de encontrar en la droga, una causa, la más justificada razón de su existencia.

Nuestro "paciente" sólo daba muestras de ciertos efectos indeseables que lo perturbaban, que afectaban la relación con su entorno, con la legalidad de un mundo al cual se veía obligado a sobre adaptarse, con un cuerpo que muchas veces sobrellevaba como un resto, ajeno, extraño, cada vez más emancipado de su ser.

Si bien asumía su queja, ésta no afectaba sino a las consecuencias que debía sobrellevar por el consumo de drogas; sólo parecía demandarnos algo relacionado con los "síntomas secundarios" que derivaban de su acto.

Muy poco parecía interrogarse, nada lo confrontaba con la búsqueda de "un por qué", de que habría de haber alguna razón para ello.

Los hechos parecían demostrar que algo estaba vinculado con los padecimientos, a las angustias, a los interrogantes de quienes habían sido conducidos a solicitar algo de nosotros: "la familia".

Lo que nuestra experiencia nos permitía visualizar con las características de un síntoma en un sentido estricto, no era sino los efectos, las consecuencias de lo que ese acto determinaba sobre el otro.

En otros casos, cuando eran sus hijos quienes llegaban a la consulta podíamos advertir que estos no hacían más que sostener una demanda que aparentemente no les pertenecía.

Estos jóvenes parecían asignarle al "encuentro con las drogas", bien un carácter contingente o el resultado de una libre elección; lejos estaba de la conciencia de los mismos la existencia de un determinismo desconocido que introdujese alguna racionalidad en lo que sostenían como dependencia de ese objeto. No necesitaba en modo alguno justificar su causa.

Los efectos no deseables de su toxicomanía no se presentaban sino como un tropiezo en esa particular relación de amor que le unía al objeto. Estos no eran sino el signo de un desencuentro que ponía en crisis toda la existencia del sujeto.

Lo que sostenía su relación con la droga no debíamos atribuirlo a las bondades químicas o propiedades farmacológicas del producto, su resistencia a separarse del objeto no radicaba sino en lo que éste representaba.

Una tentativa de emancipación de un sistema de pautas y valores: la fuga como evasión de una realidad intolerable a sus sentidos, la indiferencia como respuesta a una escena que lo encadenaba a las ficciones de su entorno, y finalmente la desconección como una forma de poder, de ejercicio de un dominio que lo situaba en un "lugar imposible" a ser gobernado por el otro.

Estas formas no sólo constituían su defensa sino su principal avanzada sobre una realidad imposible de avanzar.

El grupo familiar aparecía como su principal destinatario y la droga el objeto más eficaz para sostener el sentido de ese acto.

El joven encontraba en la droga una solución transitoria aunque eficaz a sus angustias y muchas veces un canal privilegiado para conducir un mensaje que en todos los casos conllevaba una fuerte demanda sobre la "presencia" del otro, una forma de golpear a su puerta que, por razones que desconocíamos parecía no estar en condiciones de atender su llamado; orientado muchas veces a la figura del padre no hacía sino denunciar alguna falla significativa de su entorno familiar.

El joven había encontrado en "la droga" un objeto privilegiado para apelar por la vía de su acto a la presencia de un otro. Un estilo de decir que el joven habría mudado en acto.

A que apelaban sus padres en ese encuentro con la figura de la ley representada en la persona de un juez, que muchas veces sobrepasado por los límites de su ejercicio, demandaba de nosotros terapeutas, una verdad distinta, renovada de lo que contenía esa ciencia de administrar la ley entre los hombres.

Hemos sabido sobre la dificultad de nuestros jueces. Como si la impotencia de este discurso marcara por todo lo que hay de demandada en el acto del toxicómano; lo "adicto", lo no dicho, lo ignorado, en esa "figura de la ley". No se ha hecho ahí presente sino para denunciar una vez más lo que ahí está llamado a "fallar", y es en nombre de la ley que llega a nuestro encuentro, a nuestras instituciones.

¿No éramos conducidos a este ejercicio, cuando depositaban en un "supuesto saber de especialista" el destino de la vida de sus hijos o encausados?

¿No es después de todo la "toxicomanía" una forma privilegiada de designar aquello que por alguna vía interroga la esencia misma del padre y su función en la escena de lo social?

El sujeto real de la "adicción": un padre sin palabra, un juez sin sentencia que exhibe toda la fragilidad de la institución que representa. Lo descubrimos en el fondo de ese abismo al cual se precipita el acto del sujeto; "la falta del padre", ese agujero sin nombre de la "adicción" del otro, que con el signo de la angustia se desliza por la pendiente sin límites de su fallido ejercicio.

El padre es interrogado en la impostura de su acto, se encuentra ahí en su límite y por la vía de un discurso que no le es propio y que preexiste al toxicómano; su pregunta es ¿cómo responder desde ese catálogo a un exceso, a un abuso de farmacología?

La medicina encuentra ahí su límite; responderá profesionalmente si así se justifica desde la clínica médica o la toxicología, pero no podrá con lo que califica como "la adicción del sujeto": que no se remite sino a lo imposible de decir de ese discurso de la práctica médica que se extravía frente a lo que mal supone su objeto.

Pero nuestro médico finalmente concluirá: " el hábito por las drogas no es una cuestión de nuestra práctica". Cuando procura un ejercicio forzado de su función, paga inexorablemente su costo, aventurado por un camino que tarde o temprano denunciará su impostura.

Nuestro médico sugerirá la consulta psicológica, es de esperar. Y la pregunta del padre, lo que este hace causa de su demanda, tropieza una vez más con la impotencia de ese discurso.

Nuestro paciente no espera demasiado de ese terapeuta, se muestra resistente a consultarlo y suponemos, tiene una buena razón para ello.

Nos encontramos que el joven ha sido víctima de una sobredosis, su destino será esta vez la guardia hospitalaria. Se efectúa entonces la interconsulta de rutina para estos casos.

El médico llevará a cabo la desintoxicación clínica y tratará los efectos residuales de la abstinencia la fármaco.

Pronto advertirá que sus procedimientos no han sido suficientes; no ha pasado una semana y nuestro paciente ha vuelto a tocar a su puerta, sin haber comprendido la causa real de su provocado episodio. El especialista sugerirá una vez más la asistencia psicoterápica pero las resistencias del joven conducen a su padre a una renovada instancia: es así que llega a la justicia -esta vez necesita creer en ella-, demandando un límite a tan incontrolables actuaciones. Pero como el padre, esta vez el juez  también "falla" y es en nombre de un rol delegado que no termina de conciliarse con el lugar que representa.

Nuestro magistrado ha resuelto abandonar su práctica para acceder al encuentro con una problemática que se resiste a administrar; alienado en la letra de un código que traiciona en sus principios, hace de su sanción una prescripción terapéutica.

Avancemos un poco más. Nuestro supuesto toxicómano llega a la consulta psicológica indicada por el juzgado, sin embargo, el psicoterapeuta advierte la imposibilidad de conducir esa cura -y no dudamos que tiene razones para ello-, catapultando a las redes de lo obvio terminará concibiendo un espacio destinado a legitimar la impunidad del encausado o bien renunciará a su "paciente", justificando los límites de tan incomprendido ejercicio.

Al final de este recorrido nuestro toxicómano terminará aprobando un nuevo saber, una verdad que no le es ajena a su experiencia, a la cual transitoriamente decidirá aferrarse. Es el "grupo de autoayuda" o programa de exadictos; espacio social donde el sujeto se reconoce en razón de aquellos significantes que lo designan: "droga" y "dependiente".

Consumidor de droga, médicos, jueces, curadores, psicólogos y ex toxicómanos, nuestro "cazador de cerebros" ha transitado su juego por un laberinto especular.

Lanzado a la búsqueda del padre, termina barriendo con la impostura de los que metaforizan su función en el campo social.

Debíamos avanzar en dirección de una tentativa de desinstitucionalización de la escucha y de los discursos aprendidos, una forma de aproximarnos a esta experiencia, con mínimos preconceptos y advertidos de la influencia de corrientes de opinión que podrían hacer obstáculo o trabar la iniciativa de la investigación clínica en este campo.

Si bien éramos objeto de crítica a propósito de la "no introducción" de un discurso que privilegiase lo social, no lo éramos menos cuando nuestros circunstanciales interlocutores se presentaban como los fieles defensores de una corriente que esta vez parecía cuestionarnos que habíamos perdido de vista la "dimensión del sujeto" en la persona del toxicómano.

Estas corrientes de opinión no eran sino formas de un discurso tendiente a sostener la "pluricausalidad" social del objeto en todos los casos articulado al determinismo psíquico de la vida individual.

Para nosotros, la toxicomanía se nos presentaba como una "forma discursiva" que sobrevolaba la epidermis del cuerpo social y anclaba su nombre ahí donde este exhibía una pérdida en el plano de la significación.

Estos puntos de inconsistencia en la textura del discurso social constituían el espacio privilegiado por donde se introducía una cierta ortopedia de la función simbólica.

Lo confirmábamos en el toxicómano cuando su estatuto en la escena social se sostiene apendicularmente como un producto lo suficientemente calificado por ese mismo discurso.

Nos interesaba investigar cómo operaba esto en la experiencia de nuestros pacientes y qué efecto de sujeto ahí se producía como resultado de esta posición subjetiva. El toxicómano no era sino el producto de una identificación, una construcción y lo que calificábamos como "la inconsistencia del padre" una expresión referida a estos puntos de fractura, de inflexión que localizábamos en la maya discursiva de ese sistema.

"La droga" no es tan solo un hecho químico sino una palabra, una categoría jurídica o médico-farmacológica que aparece en nuestra experiencia y en la del toxicómano como una tentativa de respuesta crucial, encerrando un "saber" a propósito de una incógnita, sobre la cual el sujeto de "la ciencia" o de "la adicción", que no es el toxicómano, en el sentido de lo que hemos referido, no puede dar cuenta.

El acto tóxico nos presentaba el "síntoma del padre" como objeto de una encubierta demanda.

Sabíamos que en ningún caso debíamos confundir el rol que este desempeñaba en la vida familiar y social con lo que dábamos en llamar la "función paterna".

Y es por esta vía por donde preferimos conducir nuestra experiencia.

Pronto advertimos que todo nuestro esfuerzo estaba destinado a interrogar esta función diferenciándonos de las "respuestas" que el toxicómano y su familia sabían encontrar  en la mayoría de las propuestas existentes para su "rehabilitación" en el mercado social.

Una tal "ortopedia", que muy poco se diferenciaba del alcance y función de la droga en la vida del joven, funcionaba como una prótesis tendiente a sostener la "mas-cara" -identidad del sujeto-.

Arquitectura significante, signo, que el "sujeto de la adicción", introduce por la vía del discurso social o de la "ciencia". Muchos programas para la rehabilitación y prevención no están sino concebidos para sostener "el objeto de la toxicomanía", es decir la "toxicomanía como objeto". Puesta al servicio de un sistema que procura sobre ese significante, sobre esa categoría médico jurídica, la "fetichización" de su función social.

El sujeto denuncia la inconsistencia del discurso que lo representa y hará de su acto una expresión fallida tendiente a romper con la iatrogenia  especular del mismo sistema que lo produce como sujeto.

Es por todo esto necesario desinstitucionalizar  la escucha para que la palabra no aparezca denegada frente al arbitraje de una "razón", que pretenda domesticar al verdad bajo el dominio de un supuesto saber de especialistas.

 

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Última modificación: Miércoles, 31 de Diciembre de 2003